Cuentan Francisco Almela y Antonio Igual en su libro El arquitecto y escultor valenciano Manuel Tolsá 1757-1816, que la estatua ecuestre de Carlos IV era la pieza de mayores dimensiones que se había fundido en la América española, hasta el punto de que 25 hombres pudieron penetrar en su interior, a través de un orificio que se había dejado en un anca del caballo para deshacer el armazón interno de hierro que contenía, por lo que desde entonces le llamaron “ el caballito de Troya”.